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Personajes en limpio

Los ricos

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Manuel Jabois

Actualizado domingo 10/03/2013

Onassis tenía tapizados los taburetes del bar de su yate con prepucio de ballena, Howard Hugues murió encerrado en una mansión haciendo grabar cientos de calles de todo el mundo por las que paseaba gente para no sentirse solo, Michael Jackson decidió ser blanco y Francis Scott Fitzgerald, que tenía fascinación por los ricos, imaginó a un hombre viviendo encima de una montaña que escondía un diamante más grande que el Hotel Ritz-Carlton.

Ninguno de ellos puede rivalizar con la extravagancia del tercer hombre más rico del mundo: hacer su fortuna en Galicia. En A Coruña, donde las comunicaciones le dejan a uno más cerca de Londres que de Vigo, Amancio Ortega levantó un imperio con una aguja y un hilo de coser; de vender batas a comercios del barrio pasó a vestir niñas japonesas, y en ese trayecto el empresario reunió una épica clandestina cuya única indiscreción fue publicar una fotografía suya cuando Inditex salió a Bolsa.

Amancio Ortega no da entrevistas y cuando los periódicos quieren poner algo de lírica a su millonada refieren al hipódromo que le construyó a su hija, pero en realidad un hipódromo en los buenos tiempos lo mandaba construir cualquiera. El mérito de Ortega fue invadir el mundo sin salir de Arteixo, cuando hasta Arsenio tuvo que bajar a Riazor para aterrorizar Europa. Convirtió el riquiñismo en riqueza, un proceso casi adánico. Tierra maltratada obstinadamente, descabalgada del tren de alta velocidad y sin otro particular para sus presidentes que el de no causar disgustos en Madrid, hacerse millonario en Galicia ha sido siempre mucho más complejo que gobernar España, ya sea con la Luftwaffe o con votos. Ortega pertenece a la misma estirpe prosaica, salvando las distancias, que Magín Froiz, el empresario de supermercados que factura más de 500 millones de euros y que recibe en un despachito lleno de aceites y latas de espárragos: “¡Esta es la oficina de un tendero!”. A Ortega en Inditex se le encuentra con un boceto en la mano como si fuera un becario pasado de rosca.

Hacerse rico en Galicia sin salir de Galicia es una moda cuyo requisito es no ser gallego: ni Froiz ni Ortega nacieron aquí. Sí lo hizo Barreiros, que murió en 1992 dentro de la Revolución Cubana cuando preparaba su asalto empresarial a Angola, en lo que vendría a ser la reedición capitalista de la ruta del Che Guevara, que fue a hacer la guerrilla angoleña disfrazado de Keanu Reeves en Pactar con el diablo. Extravagancias a Barreiros se le conocieron pocas; la más tropical, ser suegro de Polanco.

“Me gusta la gente muy rica. Cuanto más rica es la gente, más me gusta”, dice el chico del cuento de Fitzgerald. Pero Ortega ejerce poco. Lo bonito de los inmensamente ricos es que nos enseñen a los demás cosas que nos cuesta siquiera imaginar. Se les deja ser ricos a cambio de literatura. Robbie Williams, por ejemplo, ganó tanto dinero que empezó a ver extraterrestres. Y al primer barón R othschild le salía la retranca coruñesa cuando le reprochaba su chófer: “Su hijo siempre me da más propina, señor”. “No lo dudo”, contestaba el barón: “Mi hijo tiene un padre rico y yo no”. Ortega, en el fondo, nos debe una leyenda, enterrada ya aquella fantástica de su invisibilidad, que duró hasta que salió la foto. Cuenta Xabier R. Blanco, que detalló el milagro Zara con Jesús Salgado, que hasta Manuel Rivas en un reportaje le llamaba Armando Gaona y el periódico portugués ‘Diario de Noticias’ dejó caer que no existía. La Bolsa primero y Forbes después lo han ido desempolvando suponemos que a su pesar, pues más allá de los 70 años la única vanidad es no estar muerto.

Esta semana Ortega ha sido el tercer hombre más rico del mundo y le ha nacido un nieto al que han puesto su nombre. Será el cuarto Amancio más famoso de Galicia, después de Amancio Amaro, Amancio Ortega y Amancio Prada, que como todos los gallegos no nació aquí. Dicen de Marta que es la niña de los ojos de Ortega y que por eso la rodeó de caballos bonitos como unicornios. Pero no hay amor de padre más poderoso que el de Pablo Escobar, que gastó un millón de dólares para que su hijo entrara en calor: hizo una hoguera con ellos. Definitivamente a Ortega le falta un tour de force con el que merecer el puesto de hombre más rico del mundo. A estas alturas de su riqueza valdría un deseo en público como el de Montgomery Burns, que fijó la leyenda de escudo de armas de un multimillonario estándar: “Daría todo lo que tengo por un poco más”.

Acerca de A. R. A

Tony R. Álvarez nacido en Algeciras provincia de Cadiz -Andalucia Spain, trabajo y resido en Algeciras. Consultor Hotelero.

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