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NO TE OLVIDO

NO TE OLVIDO

Reportaje: MÓNICA CEBERIO BELAZA

ETA y su entorno mataron a cientos de personas, hirieron y amenazaron a miles de todas las ideas y condiciones. Las víctimas son plurales. Algunas exigen autocrítica a la banda; otras no le darían valor. Pero todas reivindican la memoria de su dolor, del daño causado. EL PAÍS habló con familiares de los asesinados y con supervivientes sobre cómo afrontan el final del terrorismo.

ETA Youtuben

 

Hoy he soñado que me mataban”, dijo  esa mañana su marido. Maixabel no supo que decirle. Cuando, horas  más tarde, alguien llamó a la puerta de su casa, intuyó que algo  había pasado. Así fue. A Juan Mari Jáuregui, exgobernador civil de  Gipuzkoa, le habían disparado por la espalda en una cafetería de  Tolosa. Dos tiros que, horas después, acabaron con su vida, el 29 de  julio de 2000.

Luis Jaime Palate estaba en casa, en un  pequeño pueblo de los Andes llamado San Luis de Picaihua, cuando  supo que su hermano Carlos Alonso había desaparecido. No lograban  encontrarlo después de la explosión en el aparcamiento de la T4 del  aeropuerto de Barajas con el que ETA certificó, el 30 de diciembre  de 2006, que rompía una tregua decretada nueve meses antes. Él no  había oído hablar jamás de la banda terrorista.

Josu estaba trabajando en Ataún cuando  recibió la llamada: “Ha habido un atentado en Lasarte”. Trató  de hablar con su madre, pero nadie contestó. Lo intentó con otro  amigo: “Es tu padre”, escuchó al otro lado del teléfono. Pero  no le quiso decir nada más. Mientras recorría a toda prisa los 40  kilómetros que separan Ataún de Lasarte, en Gipuzkoa, lo oyó en la  radio. Froilán Elespe, su padre, había muerto. Fue el primer  concejal socialista asesinado por ETA, el 20 de marzo de 2001.

Hortensia reconoció en la tele el  enorme zapato de su hijo Alberto, guardia civil de 23 años, que  calzaba un 47, entre las sangrientas imágenes del atentado del 25 de  abril de 1986 en Madrid, entre las calles de Juan Bravo y Príncipe  de Vergara. Le han contado que intentó tirarse por el balcón  después de verlo, pero ni recuerda ese momento.

A Lourdes no le hizo falta tele ni  radio para enterarse. Estaba justo detrás de su marido, el brigada  del Ejército de Tierra Luis Conde, cuando estalló un coche cargado  de explosivos que lo alcanzó de lleno mientras trataban de desalojar  un edificio militar en Santoña (Cantabria) tras un aviso de bomba,  el 22 de septiembre de 2008.

Todos tienen grabado el momento en el  que ETA cambió sus vidas para siempre. Ahora, aún más. El final  del terrorismo ha vuelto a remover la historia pasada de estas  familias y de muchas otras que se enfrentan a la posibilidad de un  futuro sin violencia. “Me cuesta mucho creérmelo, pero ojalá  fuera verdad”, dice Yolanda, hermana de Juan García Jiménez,  conductor civil del coronel Vicente Romero. Iñaki de Juana Chaos  mató a tiros a ambos el mismo día en el que España entraba en la  Comunidad Económica Europea (actual UE), el 12 de junio de 1985. A  Juan le disparó siete veces. Cuando lo mataron, Yolanda vivía en un  minúsculo municipio de Ciudad Real, Retuerta del Bullaque. Alguien  llamó al único teléfono que había en el pueblo para avisarla y  tuvo que buscar a algún vecino con coche para que la llevara a  Madrid.

“Después, cada atentado ha sido como  volver a vivir de nuevo el de mi hermano”, relata, 26 años  después. “Sabes lo que esa familia está pasando porque tú lo has  pasado, porque tú lo estás pasando. El tiempo te ayuda a vivir con  ese dolor, pero la herida no cicatriza nunca. Por eso, deseo de veras  que no vuelva a pasar nunca más. Nadie puede entender eso mejor que  nosotros”. Lo mismo asegura Hortensia Gómez, la madre del guardia  civil Alberto Alonso. “Por favor, que no digan que nosotros no  queremos la paz. Claro que sí, y cuanto antes. Lo único que pido yo  es que no hagamos como si esos crímenes no se hubiesen cometido”.

Sobre la mesa hay 829 muertos según  los datos del Ministerio del Interior. De ellos, 486 miembros de las  Fuerzas Armadas o de los cuerpos de seguridad —fundamentalmente, y  por este orden, guardias civiles, policías nacionales y militares—  y 343 civiles. La suma total asciende a 851 si se añaden los  asesinatos de los Comandos Autónomos Anticapitalistas y otros casos  que el Gobierno considera del entorno de la banda, aunque no sean  estrictamente víctimas de ETA. Por ejemplo, Ambrosio Fernández  Recio, de 79 años, que dormía en su casa cuando unos jóvenes  lanzaron unas bombas incendiarias contra un banco en Mondragón  (Gipuzkoa) el 6 de enero de 2007. El anciano fue desalojado junto a  otros vecinos, inhaló grandes cantidades de humo y salió al frío  de la calle. Días después fue ingresado en la UCI de un hospital,  donde falleció el 3 de marzo. El Gobierno ha indemnizado a los  familiares como víctimas del terrorismo después de que un médico  certificara que lo que sucedió esa noche provocó un empeoramiento  tal de la salud del anciano que acabó conduciéndolo a la muerte.

“El tiempo te ayuda a vivir con ese dolor, pero la herida no cicatriza nunca. Por eso deseo que no vuelva a pasar”

Por otro lado están los  supervivientes. Víctimas directas de atentados. Entre ellos, muchos  policías y guardias civiles destinados al País Vasco que vieron  morir a compañeros; y que ellos mismos salvaron la vida de milagro.  “ETA nos mataba como a perros en los años ochenta”, afirma el  policía nacional retirado Ángel Chaparro, melillense, destinado en  Bizkaia desde 1974 hasta 1987. “Los políticos, hasta que no  empezaron a matarlos a ellos, no hacían mucho caso a las víctimas.  No éramos nada, y nuestros muertos no valían gran cosa”. Él está  vivo porque vio una bolsa rara debajo de su coche. Si la hubiera  movido, hubiera estallado por los aires. Pero miró debajo y vio la  bomba. Acaban de reconocerlo como víctima del terrorismo. “Como no  me pasó nada, no se le da importancia. Mi mujer y mi hija vieron la  explosión controlada del coche y entraron en pánico. Para mí, la  vida no ha vuelto a ser igual. Se te quedan dentro muchas cosas,  muchas”. Al guardia civil Antonio Álvarez Zafra, de Jaén, le  dispararon tres veces en el cuartel de Salvatierra (Álava). Se le  rompió el fémur, acabó con una baja por invalidez y secuelas  psicológicas de por vida. Ellos también contemplan expectantes lo  que ocurra a partir de ahora.

Si ya no hubiera un solo muerto más,  la pregunta es: ¿y ahora qué? ¿Cómo gestionar el final de ETA  teniendo en cuenta tanto dolor acumulado por los familiares de más  de 800 víctimas mortales y miles de heridos, amenazados,  extorsionados, exiliados? Se habla siempre de “las víctimas”,  pero no hay una víctima global. Ni dos. Ni diez. El reguero de  muertos, heridos y amenazados que ha dejado la banda a lo largo de  décadas de terror es tan amplio como formas ha tenido cada una de  sus víctimas para superar el dolor y volver a la vida después del  trauma. “No hay un solo pensamiento de las víctimas”, opina Josu  Elespe. “Somos tan plurales como la propia sociedad.  Lamentablemente, ETA ha matado tanto que somos demasiados como para  pensar y sentir igual”.

No es lo mismo haber perdido a un  familiar en los años ochenta, cuando las viudas de atentados, que  apenas, y si acaso, merecían un breve espacio en los periódicos,  enterraban a sus muertos de forma casi clandestina, salían a  escondidas de Euskadi y no tenían derecho ni a pedir un psicólogo;  que en 2008, cuando ya existía un consenso absoluto sobre la  brutalidad de la banda y cada funeral era un asunto de Estado con  amplia representación institucional. No es lo mismo perder a un  padre mayor, por doloroso e injusto que sea, que a un hijo que está  empezando a vivir, como les ocurrió a Juana y Juan, los padres de  Juan García Jiménez, que siguen anclados en un día de hace 26  años, sin posibilidad ya de recuperación, y que apenas han vuelto a  salir de casa. Ni es lo mismo vivir en Málaga que en un pueblo de  Gipuzkoa en el que se convive a diario con pintadas y carteles de  apoyo a ETA.

Hay víctimas que han tenido mucha  atención mediática y apoyo social y otras que han estado totalmente  solas. Algunas se han asociado; otras no. Unas han superado el duelo;  otras no lo van a hacer nunca. Y las víctimas más recientes aún  están en ello, con la dificultad que supone pensar que esa muerte es  un “coletazo” de la banda entre la ruptura de la tregua de 2006 y  el último anuncio de cese definitivo de la violencia, el pasado 20  de octubre. “A mi sobrino de 10 años le preguntaron hace poco en  la escuela si sabía lo que era una tregua”, dice entre lágrimas  la segoviana Lourdes Rodao, viuda de Luis Conde. “Dijo que para él  significaba que si la hubiera habido tres años antes, su tío  estaría vivo. Me quedo con esas palabras. Sin esos últimos  coletazos yo seguiría al lado de mi marido, mi amigo, mi confidente,  mi vida entera”.

Para las viudas recientes como Lourdes  es complicado asumir el cese de la violencia, que reciben con una  mezcla de escepticismo, alegría y una pena profunda de que no se  produjera un poco antes. “El anuncio de la banda me ha removido  mucho”, relata Lourdes. “Por un lado, me alegré; por otro, me ha  dado un bajón muy considerable cuando estaba aún recuperándome”.

La intensidad del dolor provoca  distintos acercamientos al final de la violencia. Los padres y madres  que han perdido a un hijo, por ejemplo, con el dolor aún a flor de  piel, es muy difícil que crean en nada de lo que diga ETA. En  general, el perdón, uno de los temas recurrentes estos días, es  algo que la mayoría no está dispuesta a conceder ante crímenes tan  brutales. Aunque hay algunos que sí. La mayoría agradecería, en  todo caso, que la banda terrorista reconociera que ha causado un  dolor infinito y que se equivocaron matando para defender unos  postulados políticos que solo debieron hacer valer con la palabra.  Supondría un cambio notable y tranquilizador con respecto a las  actitudes arrogantes que han sufrido hasta ahora por parte de  aquellos que les habían quitado la vida a sus seres queridos. Aunque  también hay quien piensa que cualquier paso en este sentido sería  estratégico y no real.

“Sin esos últimos coletazos yo seguiría al lado de mi marido, mi amigo, mi confidente, mi vida entera”

“¿Cómo voy a perdonar que no hayan  dejado vivir a mi pequeño?”, se pregunta Hortensia Gómez. “No  puedo hacerlo. Nos destrozaron la vida a mi marido, a mí y a mis  hijos. Nunca nos hemos recuperado. Pero que pidan perdón sería un  gesto. Voy a cumplir 70 años, he sufrido mucho, y creo que me  merezco que alguien me pida perdón”. Son frases similares a las  del matrimonio García Jiménez, una familia humilde que nunca ha  visitado el País Vasco, con un hijo ebanista que, para la banda  terrorista, mereció ser asesinado a tiros porque conducía el coche  de un militar.

“Yo decidí perdonar desde el  principio, quizá por una actitud religiosa, y por mí mismo”,  relata Pedro Mari Baglietto, hermano de Ramón Baglietto, concejal de  UCD en Azkoitia, asesinado por ETA en 1980. El camino de Iñaki  García Arrizabalaga, que perdió a su padre ese mismo año, con  apenas 19 años, a manos de los Comandos Autónomos Anticapitalistas,  fue distinto. “Al principio sentí mucho, muchísimo odio”,  explica. “Poco a poco me fui dando cuenta de que tenía que  quitármelo de encima para poder seguir viviendo. No estaba dispuesto  a que después de haberle quitado la vida a mi padre, me la  arrebataran a mí también”.

Iñaki es la única persona que ha  hablado en público, hasta el momento, de los encuentros cara a cara  entre disidentes de ETA presos en Nanclares de Oca —ahora  trasladados a la nueva cárcel de Zaballa, también en Álava— y  víctimas de la organización. Algunos, los menos, se han reunido con  un miembro del comando que asesinó a su familiar. Otros, como en el  caso de Iñaki, en el que nunca aparecieron los culpables, han visto  a un preso de la banda no directamente relacionado con su atentado.

Es una iniciativa minoritaria por dos  razones: ni la mayoría de los presos están dispuestos a enfrentarse  al dolor que han causado —en Zaballa hay apenas una veintena de  reclusos de los 552 que cumplen pena en cárceles españolas, y no  todos quieren participar en los encuentros—, ni la mayoría de las  víctimas querrían hacerlo, por distintos motivos. Iñaki defiende  su opción. “Para mí ha sido una experiencia humana de gran valor;  la persona a la que vi no recibió ningún beneficio penitenciario  por hacerlo, creo que fue sincero, y yo lo he vivido como mi pequeña  contribución a cerrar las heridas de esta sociedad. Por supuesto,  respeto absolutamente a quien no desee hacerlo”.

El colectivo oficial de presos de la banda ha dado consignas internas muy claras: ni perdón, ni arrepentimiento

El colectivo oficial de presos de ETA,  en su último documento interno, da instrucciones muy claras: ni  arrepentimiento, ni perdón. Mientras tanto, la izquierda abertzale  da vueltas a cómo reconocer el dolor causado, consciente de que debe  hacer alguna referencia a las víctimas como parte necesaria en su  hoja de ruta del fin de la violencia. En todo caso, es un proceso que  irá despacio, con pasos muy lentos que difícilmente contentarán a  las víctimas. Como el que se dio ayer por parte del Acuerdo de  Gernika, en un marco más amplio que la izquierda abertzale, y  que solo expresaba su “pesar” por las víctimas provocadas tanto  por “la violencia de ETA” como por “las estrategias represivas  y de guerra sucia de los Estados español y francés”.

“El tema del perdón es muy  complejo”, señala Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología  Clínica de la Universidad del País Vasco. “Por la subjetividad  emocional que comporta, tiene que ser real. Si es fingido puede ser  desastroso. No se puede hacer por decreto. Si los terroristas  reconocieran que hicieron mal, sería bueno para cerrar heridas. Pero  también hay otras cosas. Por ejemplo, evitar que haya homenajes a  terroristas. Son afrentas innecesarias que contribuyen a dificultar  el proceso de recuperación”.

Más allá del perdón, el  reconocimiento del daño o la autocrítica del pasado criminal, el  final de la violencia va a exigir al nuevo Gobierno que tome  decisiones concretas: si va a acercar a los presos a Euskadi, hasta  qué punto va a flexibilizar la política penitenciaria y cuáles van  a ser los requisitos ineludibles para conceder beneficios  penitenciarios a estos reclusos.

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La ley es flexible, y, por tanto, caben  distintas aplicaciones. En los acercamientos de presos, por ejemplo,  el Gobierno tiene las manos absolutamente libres para actuar como  crea más conveniente. Algunas víctimas no quieren ni oír hablar de  traslados, al menos hasta que ETA entregue las armas. Como la familia  de Juan García Jiménez. “Hablan del sufrimiento de los familiares  de los presos, pero nosotros vamos al cementerio y vemos solo un  trozo de piedra”, lamenta Yolanda, la única hermana de Juan.  “Vayamos a la distancia que vayamos, no lo veremos nunca”. A Josu  Elespe, sin embargo, no le importa que, con la ley en la mano, se  haga más flexible la política penitenciaria. “Pero los culpables  de delitos deben ser juzgados y, si hay pruebas, encarcelados. Eso me  parece imprescindible”. Por el asesinato de su padre hay dos  miembros de ETA detenidos en Francia y uno en España. “Quiero ir  al juicio. Por un sentimiento de justicia con mayúsculas y también  para cerrar una etapa, por una cuestión personal. Confío en que,  pase lo que pase a partir de ahora, el juicio pueda celebrarse con la  ley en la mano y sin tener en cuenta el contexto”.

Sobre la exigencia de que no haya  impunidad, el consenso es absoluto, total, entre todas las víctimas.  Una de las cosas que más les preocupan es que se relajen las  detenciones y que personas que han matado queden impunes. Se trata de  la exigencia de un colectivo que está orgulloso de poder decir, y  así ha sido, que nunca una víctima se tomó la justicia por su  mano. No ha habido venganzas personales durante las largas décadas  de terror a pesar de que Euskadi es un territorio muy pequeño en el  que todos se conocen. Nadie ha perdido la cabeza y ha agredido a un  vecino del que en algunos casos se sospechaba que estaba involucrado  en un atentado. Y todos, sin fisuras, rechazan los GAL y cualquier  actuación ilegal del Estado en la lucha antiterrorista. A cambio  exigen justicia.

Porque el instinto de venganza,  naturalmente, puede aparecer, aunque solo sea como fantasía. “Yo  pasé una racha muy mala, en la que claro que se te pasa por la  cabeza la idea de vengarte”, relata Cristina Sagarzazu, cuyo  marido, Montxo Doral, ertzaina, fue asesinado por ETA en 1996. “Se  me iba la cabeza sola, porque además me habían dado tres nombres de  gente supuestamente implicada en el asesinato de Montxo. Pero al  final llegas a la conclusión de que es una tontería. Nada te va a  devolver a tu marido”. Todas las víctimas han dejado en manos del  Estado el castigo a los culpables.

El juicio ha supuesto un alivio  —doloroso, pero alivio— para aquellos que han visto ante los  tribunales a los asesinos. “Los que mataron a mi marido están en  la cárcel”, relata Maixabel Lasa, viuda de Juan Mari Jáuregui.  “Eso te sirve para pensar que al menos se ha hecho justicia”.

En Euskadi hay quien dice que hubo una guerra y que todos han sufrido. Frente a eso, las víctimas hablan del deber de la memoria

Otros saben que eso nunca ocurrirá;  que es muy difícil que aparezcan los culpables si aún no lo han  hecho. Es un capítulo pendiente. Cristina Sagarzazu e Iñaki García  Arrizabalaga forman parte del grupo que ha perdido la esperanza —220  crímenes de la banda han quedado por el momento impunes, según  datos de la Audiencia Nacional—. “Hay víctimas que pueden poner  rostro al causante de su dolor”, explica Iñaki. “Yo eso no lo  voy a tener, y es algo que dificulta el pasar página”.

“A diferencia de otras muertes, en el  caso del terrorismo existe la figura del perpetrador”, explica el  psiquiatra Raúl Nehama, que ha tratado a decenas de víctimas del  terrorismo. “Hay alguien que, intencionadamente, ha causado el  daño. Por eso, es necesario un mínimo restablecimiento de la  justicia, de que ese perpetrador sea detenido y juzgado. Si eso no  ocurre, no se puede abordar el proceso de duelo correctamente. Se  produce una gran decepción, una segunda herida sobre la primera que  adquiere un gran protagonismo y lo invade todo. Es muy importante que  en estos momentos se cuide este aspecto”.

Por otro lado está la memoria, el  relato de lo sucedido durante 43 años de terrorismo etarra. Es algo  que preocupa sobre todo a las víctimas que viven en Euskadi. El  resto tiene muy claro que la historia se escribirá diciendo que una  banda terrorista mató, amenazó y extorsionó durante décadas a  personas inocentes. En el País Vasco no está tan claro que eso vaya  a ser así.

La teoría alternativa es que hubo una  guerra y que todos han sufrido. Por eso las víctimas allí se  empeñan en que sus relatos estén presentes para impedir que se  imponga una visión tergiversada de lo ocurrido.

En estos momentos, cada término, cada  matiz cobran importancia. La sensibilidad está a flor de piel.  Dentro de la quincena de personas entrevistadas para este reportaje  hay distintas opciones ideológicas, sensibilidades y estados  anímicos. Pero el núcleo es común: quieren que se reconozca a los  que han luchado por la libertad de Euskadi y que no se actúe contra  principios básicos de justicia.

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Acerca de A. R. A

Tony R. Álvarez nacido en Algeciras provincia de Cadiz -Andalucia Spain, trabajo y resido en Algeciras. Consultor Hotelero.

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