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Anécdotas hoteleras

Anécdotas hoteleras

Los hoteles reciben un flujo constante de personas durante todo el año, especialmente en verano, por lo que siempre se cuela alguna historia divertida
30.08.08 –
MIGUEL VILLAMERIEL Diario Vasco.com
 
Los hoteles ven pasar a tantas personas diferentes a lo largo de un año que se convierten en una fuente inagotable de anécdotas. Cuando se pregunta a los directores o recepcionistas de un establecimiento hotelero, todos reconocen que han vivido o escuchado de sus compañeros decenas de historias llamativas, aunque deben rebuscar en su memoria para recordar las más jugosas y, sobre todo, «las que se puedan contar». Al final, van saliendo.
Por desgracia para los lectores más curiosos, el hotel guipuzcoano que más anécdotas con miga y nombres ilustres podría contar, el María Cristina, tiene una política de empresa que le impide hacer público lo que ocurre de puertas para adentro, incluso ocultando los nombres de los protagonistas. Así que nos quedaremos sin conocer las rarezas de las estrellas del Festival de Cine o de artistas como Bruce Springsteen o Mick Jagger, que han ocupado en los últimos años alguna de sus suites.
En otro clásico hotel donostiarra, el Londres, su director comenta que «últimamente no se han producido anécdotas demasiado excéntricas y parece que va descendiendo la picaresca de intentar irse sin pagar». Para Roberto Uriarte, «las historias más llamativas vienen dadas por reacciones de algunos clientes, como aquel que tenía una habitación con vistas a La Concha y llamó a la recepción para decir que la playa había desaparecido, cuando simplemente había subido la marea. Hubo otro que nos exigió que toda la comida que le sirviéramos fuese de color verde. Y luego están los americanos que encargan un arroz con bogavante y luego piden ketchup para acompañarlo…».
Nada es lo que parece
En el hotel Codina vivieron un incidente que demuestra que las cosas no siempre son lo que parecen. Fran González, su director, relata que «teníamos a un grupo de jóvenes compartiendo uno de los pisos del hotel con la convención de un banco. Después de una noche de fiesta, alguien cogió un extintor y lo vació por todo el piso. Inmediatamente fuimos a hablar con los jóvenes, pero nos juraron y perjuraron que ellos no habían sido. Recurrimos a las cámaras de seguridad y pudimos ver que el causante del destrozo había sido precisamente uno de los respetables jefes del banco. Lo peor es que, en vez de reconocer el error y pagar el extintor, encima se puso chulo. Hasta que le amenazamos con denunciarle, claro».
El hotel Arantzazu celebra bodas en los salones de su primera planta, lo que alguna vez ha provocado algún incidente. Javi Fernández, que entonces trabajaba en recepción, recuerda que «una noche empezamos a oír fuertes ruidos en uno de los salones donde se celebraba una boda y, cuando abrimos la puerta, nos encontramos con una pelea monumental. Las dos familias se habían enzarzado en una discusión y acabaron a golpes, todos contra todos, con la novia llorando como una magdalena. Tuvo que venir la Ertzaintza para que los ánimos se tranquilizasen. Lo peor es que las dos familias se quedaron a dormir en el hotel y a la mañana siguiente ni se miraban…».
Durante la celebración de otra boda, la madre del novio bajó de pronto a recepción para decir que había un hombre desnudo paseándose por el hotel. «Efectivamente, tras dar una vuelta por los pasillos nos encontramos con un cliente nórdico que se paseaba desnudo con una botella de ginebra. Lo llevé lo antes posible a su habitación, pero se convirtió en la comidilla de la boda».
Jaione Gastañares, subdirectora del hotel Villa Soro, recuerda que «una tarde de invierno en la que hacía un tiempo infernal, con los salones del hotel llenos de clientes, vi a través de una de las cámaras que enfocan la entrada las sombras de un animal que no identifiqué y de dos personas que parecían dos yetis. Resultaron ser una pareja de peregrinos franceses que estaban haciendo el Camino con un burro. Pidieron alojamiento para pasar la noche porque nuestro jardín ‘le iba bien al burro’, pero les comenté que era un hotel de cuatro estrellas que además estaba completo. Les ofrecí agua y algo de comida, pero contestaron de malas maneras y se fueron maldiciendo. Los clientes que estaban cerca de la puerta alucinaron».
En el hotel Anoeta, junto al estadio donostiarra, han sido testigos de unas cuantas anécdotas. Eli, de recepción, cuenta que «una vez un señor llegó montando la bronca, diciendo que había tenido un accidente con el coche, por lo que traería más tarde el pasaporte y el equipaje. Como poco antes nos había llegado un aviso de otro hotel donostiarra diciendo que una persona de esas características se había ido sin pagar un montón de dinero, les avisamos. Vino el director del hotel y efectivamente era la misma persona, un hombre que se las daba de rico y que incluso les había intentado comprar un cuadro».
Gente con «mucha cara»
Eli afirma que se ha encontrado con gente «con mucha cara». «He visto cómo clientes nos decían que fuéramos preparando la cuenta mientras llevaban el equipaje al coche; arrancaban, salían disparados y no los volvíamos a ver. Para evitar problemas, desde hace unos años pedimos la tarjeta de crédito por adelantado».
Otra historia inolvidable la protagonizaron «ocho escoceses como armarios que llegaron de madrugada con unas cuantas cervezas encima y se metieron todos juntos en el ascensor. Como no podía ser de otra forma, se cayó».
El hotel Zarautz también acumula unas cuantas anécdotas en el terreno de los animales de compañía. «Hace bastantes años decidimos aceptar todo tipo de animales, por lo que hemos visto pasar por nuestras habitaciones serpientes, chimpancés, pequeños gorilas… Hubo un francés que vino durante varios veranos con su chimpancé, que llegó a ser como la mascota del hotel», comenta Ion.
Lo que ha cambiado considerablemente en los hoteles guipuzcoanos es la costumbre de pasar largas temporadas o unas vacaciones completas en la habitación de un hotel, quizá porque ese lujo está hoy al alcance de muy pocos bolsillos. Según algunos recepcionistas, ésta no es la única costumbre que está cambiando. «Antes, cuando hacía noches, era bastante habitual que clientes masculinos me pidieran que hiciera de intermediario con chicas de compañía, que llamase y regatease el precio, y cosas así. Yo me zafaba como podía, pero incluso me llegaron a invitar a participar de la fiesta. Por suerte, últimamente la gente anda algo más tranquila».
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Acerca de A. R. A

Tony R. Álvarez nacido en Algeciras provincia de Cadiz -Andalucia Spain, trabajo y resido en Algeciras. Consultor Hotelero.

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